Un día, Marina, una amiga, me regaló una bolsita con unas rosquillas de anís deliciosas y que me enamoraron como ningunas. Crujientes por fuera, al morder el baño de almíbar y suaves y delicadas en el interior. Me recordaban enormemente las rosquillas que se venden en las romerías colgadas en las varillas (a las blancas, no las morenas). Así que a ella, le agradezco que compartiera conmigo la receta de su madre, que aunque nunca me sabrán tan deliciosas como las que hace ella, os prometo que están riquísimas. Y conforme van pasando los días, ganan en sabor y textura.

melindres de romeria

¿A ti cuáles te gustan más de las dos, las blancas o las morenas?

Ingredientes para hacer rosquillas de anís de romería

Para la masa de las rosquillas:

  • 650-700 g de harina repostera
  • 6 huevos
  • 100 g de manteca
  • 1,5 sobre de levadura
  • pizca de sal
  • 1 copa de anís
  • 25 g azúcar
  • ralladura y zumo de 1 limón
  • abundante aceite de girasol para freír

Para el almíbar de anís para bañarlas

  • 250 ml de agua
  • una copa de anís.
  • 125 g de azúcar

    Elaboración paso a paso de las rosquillas de anís de romería

En un bol ponemos los 700 g de harina, hacemos un hueco en el centro y añadimos el resto de los ingredientes; los 10o g de manteca de vaca fundida, los seis huevos batidos, 25 g de azúcar, la ralladura de limón, los 20 ml de anís, los polvos de hornear y una pizca de sal. Mezclamos todo con las manos y las amasamos durante unos 10 minutos, hasta tener una masa lisa que se despega de las manos. La tapamos y la dejamos reposar media hora. Si viéramos que nos queda muy pegajosa añadimos un poco más de harina, pero cuidado, no vaya a ser que nos quede una masa muy densa. El resultado tienen que ser unas rosquillas tiernas, no finitas y duras.

A continuación y después del reposo, formamos las rosquillas; vamos cogiendo porciones de masa con las manos, las estiramos y la enroscamos en forma de rosco, que nos quede bien cerrada y sin mucho agujero.  Las  vamos colocando en la mesa de trabajo y una vez  las tenemos todas hechas, las comenzamos a freír.

Poneos abundante aceite en una sartén o cazo hondo y cuando esté caliente vamos echando las rosquillas. El aceite no deberá de estar frío, pero tampoco a mucha temperatura, pues las rosquillas se tostarían por fuera muy pronto y no esponjarían ni crecerían. Tampoco llenamos mucho la sartén, para evitar que el aceite se enfríe y para dejarle espació al crecer.

Las vamos volteando  con la ayuda de una espumadera y cuando estén doradas las retiramos para una fuente forrada con papel absorbente. Una vez las tenemos todas fritas comenzamos a preparar el almíbar. Queremos un almíbar a punto de bola, que si tenemos termómetro será cuando haya alcanzado los 120º C.

En un cazo ponemos los 250 ml de agua, la copa de anís y los 125 g de  azúcar. Lo acercamos al fuego y los dejamos cocer hasta el punto deseado. Una vez tenemos el almíbar listo, vamos sumergiendo las rosquillas en el almíbar y las vamos colocando  encima de una rejilla con papel de horno debajo. Una vez las tenemos todas bañadas, las dejamos que se enfríen y ya vemos como el almíbar se va tornando blanco y crujiente. Además del sabor dulce que él aporta, también hará que se mantengan frescas durante varios días, aunque estas rosquillas, creo que nunca se ponen resesas, no le daremos tiempo.

fuente de rosquillas

Una vez frías y con el baño de almíbar seco y blanco,  las guardamos en una caja hermética

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